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Épocas de desamor

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Ramon Diaz en san lorenzo

Esta semana se ha hablado muy poco de fútbol y muchísimo de violencia y regalos para los  jugadores por escaparle a la promoción o por escalar posiciones, y esta última situación, reflejada en los equipos de Avellaneda, nos siembra una duda... ¿Cuánta motivación hace falta para avivar el mítico fuego sagrado?

Esa pregunta sobrevuela en mi cabeza, ante los últimos hechos que venimos presenciando en el fútbol argentino. Que si consiguen siete puntos de nueve, les regalan un plasma; si salen en la tercera ubicación, se llevan un auto último modelo.

Le pregunto al aire ¿dónde se esconde el amor propio? Nos toca convivir con un fútbol extremadamente mediatizado, comercial, interesado y, lentamente, esos tres adjetivos fueron devorando el afecto por los colores que les toca defender a éstos “trabajadores del fútbol” de hoy. Ya parece no ser motivación suficiente pisar el verde césped con camisetas que supieron transpirar gloria en estado puro y tampoco se ve la intención de encontrar ese interés capaz de engrandecer pequeños colores vacíos de historia.

“Se pierde la pasión”, diría Reinaldo Carlos Merlo. Y si perdemos ese sentimiento, se pierde la esencia, se pierde la alegría, se pierden esas ciclotimias que contiene nuestro fútbol (único en ésta especie). Y cada uno va a su templo denominado estadio, haciendo travesías ilógicas para todo aquel que no entiende de qué se trata esto del “domingo sagrado”, y desde el cálido cemento popular a veces se recibe una frialdad inentendible proveniente del campo de juego que logra sacar lo peor del vitalicio más indefenso y hasta a esos pequeños historiadores enfermos por su institución que recuerdan todo lo olvidado en ésta cruel actualidad futbolística.

Esta tendencia explotada esta semana por Caruso Lombardi y Gallego en Racing e Independiente respectivamente, comenzó hace más de una década con Ramon Díaz en River primero y en San Lorenzo después, y si bien fue con resultados auspiciosos, lo que aquí planteamos es que su sueldo y el sueño cumplido de jugar al fútbol profesionalmente debería sobrarles como motivación a los protagonistas de este circo. Pero como el fútbol y todos sus componentes son parte de la sociedad con la que nos toca convivir, no es extraño que se hayan desvalorizado tanto algunos ideales. Las cifras monetarias alocadas que invaden el mercado hacen que tengamos futbolistas cada vez más mezquinos. El cuidado personal llega al punto de que parecen entrar en acción cuando ellos lo disponen, sin importar el sentido de éste deporte.

Seguramente debamos buscar la respuesta en alguna platea preferencial, donde diversos empresarios negocian con el alma débil del futbolista.

Christian Gómez

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